PRIMER LIBRO DE LOS REYES CAPÍTULO 1 VERSOS 1 AL 53

 PRIMER LIBRO DE LOS REYES

CAPÍTULO 1 VERSOS 1 AL 53 

Abisag abriga a David en su ve-

jez — Adonías aspira a ser rey —

Betsabé y Natán avisan a David

del complot de Adonías — David

nombra rey a Salomón y éste es

ungido por Sadoc — La causa de

Adonías fracasa.

a Y

EL rey David ya era viejo

y entrado en años, y le cu-

brían de ropas, pero no entraba

en calor.

2 Le dijeron, por tanto, sus sier-

vos: Busquen para mi señor el

rey una joven virgen, para que

a esté delante del rey y lo abri-

gue, y duerma a su lado, para

que entre en calor mi señor

el rey.

3 Y buscaron una joven hermosa

por todo el territorio de Israel, y

hallaron a Abisag, la sunamita,

y la llevaron al rey.

4 Y la joven era hermosa; y ella

abrigaba al rey y le servía; pero

el rey nunca la conoció.

5 Entonces a Adonías hijo de

Haguit b se enalteció, diciendo:

Yo reinaré. Y se hizo de carros y

de gente de a caballo, y de cin-

cuenta hombres que corriesen

delante de él.

6 Y su padre nunca le había con-

trariado en todos sus días, di-

ciéndole: ¿Por qué haces esto? Y

también éste era de muy hermoso

parecer, y había nacido después

de Absalón.

7 Y había hablado con Joab

hijo de Sarvia y con el sacerdote

Abiatar, quienes ayudaban a

Adonías.

8 Pero el sacerdote Sadoc, y Be-

naía hijo de Joiada, y el profeta

a Natán, y Simei, y Rei y todos b los

valientes de David no seguían a

Adonías.

9 Y Adonías mató ovejas y vacas

y animales engordados junto a la

peña de Zohelet, que está cerca

de la fuente de Rogel, y convidó

a todos sus hermanos, los hijos

del rey, y a todos los hombres de

Judá, siervos del rey.

10 Pero no convidó al profeta

Natán, ni a Benaía, ni a los valien-

tes ni a su hermano a Salomón.

11 Y habló Natán a Betsabé, ma-

dre de Salomón, diciendo: ¿No

has oído que Adonías hijo de

Haguit reina sin saberlo David,

nuestro señor?

12 Ven pues, ahora, y déjame

darte un consejo, para que sal-

ves tu vida y la vida de tu hijo

Salomón.

13 Ve y preséntate ante el rey

David y dile: Oh rey señor mío,

¿no has jurado tú a tu sierva, di-

ciendo: Tu hijo a Salomón reinará

después de mí y él se sentará en

mi trono? ¿Por qué, pues, reina

Adonías?

14 Y mientras estés tú aún ha-

blando con el rey, yo entraré

detrás de ti y reafirmaré tus

palabras.

15 Entonces Betsabé entró en la

alcoba del rey; y el rey era muy

anciano, y Abisag, la sunamita,

le servía.

16 Y Betsabé se inclinó e hizo

reverencia al rey. Y el rey le dijo:

¿Qué deseas?

17 Y ella le respondió: Señor

mío, tú juraste a tu sierva por

Jehová tu Dios, diciendo: Tu hijo

Salomón reinará después de mí

y él se sentará en mi trono;

18 pero he aquí, ahora Adonías

reina; y tú, mi señor rey, hasta

ahora no lo sabes.

19 Ha matado bueyes, y animales

engordados y ovejas en abundan-

cia, y ha convidado a todos los

hijos del rey, y al sacerdote Abia-

tar y a Joab, general del ejército;

pero a Salomón, tu siervo, no ha

convidado.

20 Entre tanto, rey y señor

mío, los ojos de todo Israel es-

tán puestos en ti, para que les de-

clares quién se ha de sentar en el

trono de mi señor el rey después

de él.

21 De otra manera aconte-

cerá que cuando mi señor el rey

duerma con sus padres, yo y mi

hijo Salomón seremos tenidos

por culpables.

22 Y he aquí, mientras aún ha-

blaba ella con el rey, llegó el pro-

feta Natán.

23 Y dieron aviso al rey, di-

ciendo: He aquí el profeta Na-

tán. Cuando éste entró ante el rey,

se postró delante del rey, rostro

en tierra.

24 Y dijo Natán: Rey y señor

mío, ¿has dicho tú: Adonías rei-

nará después de mí, y él se sen-

tará en mi trono?

25 Porque hoy ha descendido

y ha matado bueyes, y animales

engordados y ovejas en abun-

dancia, y ha convidado a todos

los hijos del rey, y a los capi-

tanes del ejército y también al

sacerdote Abiatar; y he aquí,

están comiendo y bebiendo de-

lante de él, y dicen: ¡Viva el rey

Adonías!

26 Pero ni a mí, tu siervo, ni al

sacerdote Sadoc, ni a Benaía hijo

de Joiada ni a Salomón, tu siervo,

ha convidado.

27 ¿Ha sido este asunto orde-

nado por mi señor el rey, sin ha-

ber dado a conocer a tu siervo

quién se había de sentar en el

trono de mi señor el rey, después

de él?

28 Entonces el rey David respon-

dió y dijo: Llamadme a Betsabé.

Y ella entró a la presencia del rey

y se puso delante del rey.

29 Y el rey juró, diciendo: Vive

Jehová, que ha redimido mi alma

de toda angustia,

30 que como yo te he jurado por

Jehová, Dios de Israel, diciendo:

Tu hijo Salomón reinará después

de mí y él se sentará en mi trono

en mi lugar; así lo haré hoy.

31 Entonces Betsabé se inclinó

rostro a tierra ante el rey, y ha-

ciendo reverencia al rey, dijo:

¡Viva mi señor, el rey David, para

siempre!

32 Y el rey David dijo: Lla-

madme al sacerdote Sadoc, y al

profeta Natán y a Benaía hijo de

Joiada. Y ellos entraron a la pre-

sencia del rey.

33 Y el rey les dijo: Tomad con

vosotros a los siervos de vuestro

señor, y haced montar a mi hijo

Salomón en mi mula y llevadlo

a a Gihón;

34 y allí lo a ungirán el sacer-

dote Sadoc y el profeta Natán

como rey sobre Israel, y tocaréis

trompeta y diréis: ¡Viva el rey

Salomón!

35 Después subiréis vosotros

detrás de él, y vendrá y se sentará

en mi trono, y él reinará en mi lu-

gar, porque a él le he ordenado

para que sea gobernante sobre

Israel y sobre Judá.

36 Entonces Benaía hijo de

Joiada respondió al rey y dijo:

Amén. Así lo diga Jehová, Dios

de mi señor el rey.

37 De la manera que Jehová ha

estado con mi señor el rey, así

esté con Salomón y haga mayor

su trono que el trono de mi señor,

el rey David.

38 Y descendieron el sacerdote

Sadoc, y el profeta Natán, y Be-

naía hijo de Joiada, y los cereteos

y los a peleteos, e hicieron mon-

tar a Salomón en la mula del rey

David y lo llevaron a Gihón.

39 Y tomó el sacerdote Sadoc

el cuerno del a aceite del b taber-

náculo y ungió a Salomón; y to-

caron trompeta, y dijo todo el

pueblo: ¡Viva el rey Salomón!

40 Después subió todo el pueblo

en pos de él; y cantaba la gente

con flautas y hacía grandes ale-

grías, que parecía que la tierra

se estremecía con el clamor de

ellos.

41 Y lo oyó Adonías, y todos

los convidados que con él esta-

ban, cuando ya habían acabado

de comer. Y al oír Joab el sonido

de la trompeta, dijo: ¿Por qué

se alborota la ciudad con tanto

estruendo?

42 Mientras él aún hablaba, he

aquí que llegó Jonatán, hijo del

sacerdote Abiatar, a quien dijo

Adonías: Entra, porque tú eres

hombre valiente y traerás bue-

nas nuevas.

43 Y Jonatán respondió y dijo

a Adonías: Ciertamente nuestro

señor, el rey David, ha hecho rey

a Salomón;

44 y el rey ha enviado con él

al sacerdote Sadoc y al profeta

Natán, y a Benaía hijo de Joiada,

y también a los cereteos y a los

peleteos, los cuales le hicieron

montar en la mula del rey;

45 y el sacerdote Sadoc y el pro-

feta Natán lo han ungido rey en

Gihón, y de allí han subido con

alegrías, y la ciudad está llena de

estruendo. Éste es el alboroto que

habéis oído.

46 Y también Salomón se ha sen-

tado en el trono del reino.

47 Y aun los siervos del rey han

venido a bendecir a nuestro se-

ñor, el rey David, diciendo: Dios

haga bueno el nombre de Salo-

món más que tu nombre, y haga

mayor su trono que el tuyo. Y el

rey adoró en la cama.

48 Y también el rey habló así:

Bendito sea Jehová, Dios de Is-

rael, que ha dado hoy quien se

siente en mi trono, y lo vean mis

ojos.

49 Entonces todos los convi-

dados que estaban con Adonías

se estremecieron, y se levanta-

ron, y se fue cada uno por su

camino.

50 Pero Adonías tuvo miedo de

Salomón, y se levantó, y fue y se

asió de los a cuernos del altar.

51 Y le avisaron a Salomón,

diciendo: He aquí que Adonías

tiene miedo del rey Salomón,

pues se ha asido de los cuernos

del altar, diciendo: Júreme hoy

el rey Salomón que no matará a

espada a su siervo.

52 Y Salomón dijo: Si él es digno,

ni uno de sus cabellos caerá en

tierra; pero si se halla mal en él,

morirá.

53 Y mandó el rey Salomón

que lo trajeran del altar; y él

vino y se inclinó ante el rey Sa-

lomón. Y Salomón le dijo: Vete a

tu casa.

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Publicada en los Estados Unidos de América

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SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPÍTULO 24 VERSOS 1 AL 25

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPÍTULO 24 VERSOS 1 AL 25

David peca al contar a Israel y a

Judá — Los hombres de guerra su-

man un millón trescientos mil — Je-

hová destruye a setenta mil hombres

con una peste — David ve a un

ángel, ofrece sacrificio, y la plaga

se detiene.

Y VOLVIÓ a encenderse el furor

de Jehová contra Israel, a e incitó

a David contra ellos a que di-

jese: Ve y haz un censo de Israel

y de Judá.

2 Y dijo el rey a Joab, general del

ejército que estaba con él: Recorre

ahora todas las tribus de Israel,

desde Dan hasta Beerseba, y haz

un censo del pueblo, para que yo

sepa el número de la gente.

3 Y Joab respondió al rey: Añada

Jehová tu Dios al pueblo cien ve-

ces más de los que son, y que lo

vea mi señor el rey; pero, ¿por

qué se complace en esto mi se-

ñor el rey?

4 Sin embargo, la palabra del

rey prevaleció sobre la de Joab

y sobre la de los capitanes del

ejército. Salió, pues, Joab con los

capitanes del ejército, de delante

del rey, para hacer el censo del

pueblo de Israel.

5 Y pasaron el Jordán y acam-

paron en Aroer, a la derecha de

la ciudad que está en medio del

valle de Gad y en dirección a

Jazer.

6 Después fueron a Galaad y a

la tierra baja de Hodsi; y de allí

fueron a Danjaán y doblaron ha-

cia Sidón.

7 Y fueron luego a la fortaleza

de Tiro y a todas las ciudades

de los heveos y de los cananeos;

y salieron al sur de Judá, hasta

Beerseba.

8 Y después que hubieron

recorrido toda la tierra, volvie-

ron a Jerusalén al cabo de nueve

meses y veinte días.

9 Y Joab dio al rey el número del

censo del pueblo; y fueron los de

Israel ochocientos mil hombres

valientes que sacaban espada,

y de los de Judá, quinientos mil

hombres.

10 Y después que David hubo

censado al pueblo, le pesó en su

corazón; y dijo David a Jehová:

Yo he pecado gravemente por

haber hecho esto; pero ahora, oh

Jehová, te ruego que quites el pe-

cado de tu siervo, porque yo he

actuado muy neciamente.

11 Y por la mañana, cuando Da-

vid se hubo levantado, vino la pa-

labra de Jehová al a profeta Gad,

b vidente de David, diciendo:

12 Ve y di a David: Así ha dicho

Jehová: Tres cosas te ofrezco: tú

escogerás una de ellas, para que

yo la haga.

13 Vino, pues, Gad a David, y se

lo hizo saber y le dijo: ¿Quieres

que te vengan siete años de ham-

bre en tu tierra? ¿O que huyas tres

meses delante de tus enemigos y

que ellos te persigan? ¿O que

tres días haya peste en tu tierra?

Piensa ahora, y mira qué respon-

deré al que me ha enviado.

14 Entonces David dijo a Gad:

Estoy en gran angustia; es prefe-

rible caer ahora en manos de Je-

hová, porque sus a misericordias

son muchas, a caer yo en manos

de hombres.

15 Y envió Jehová la peste so-

bre Israel desde la mañana hasta

el tiempo señalado; y murieron

setenta mil hombres del pueblo,

desde Dan hasta Beerseba.

16 Y cuando el ángel extendió

su mano sobre Jerusalén para

destruirla, Jehová a se arrepintió

de aquel mal y dijo al ángel que

destruía al pueblo: Basta ahora;

b detén tu mano. Y el ángel de

Jehová estaba junto a la era de

Arauna, el jebuseo.

17 Y David dijo a Jehová, cuando

vio al ángel que hería al pueblo:

Yo pequé; yo hice lo malo. ¿Qué

han hecho estas ovejas? Te ruego

que tu mano se vuelva contra mí

y contra la casa de mi padre.

18 Y Gad vino a David aquel día

y le dijo: Sube y levanta un a altar

a Jehová en la era de Arauna, el

jebuseo.

19 Y subió David, conforme al

dicho de Gad, según lo había

mandado Jehová.

20 Y miró Arauna y vio al rey y a

sus siervos que venían a él. Salió

entonces Arauna y se inclinó de-

lante del rey, rostro a tierra.

21 Y Arauna dijo: ¿Por qué viene

mi señor el rey a su siervo? Y Da-

vid respondió: Para comprar de

ti la era, a fin de edificar un altar

a Jehová, para que cese la plaga

de entre el pueblo.

22 Y Arauna dijo a David: Tome

y ofrezca mi señor el rey lo que

bien le parezca; he aquí, bueyes

para el holocausto, y los trillos

2 SAMUEL 24:23–1 REYES 1:9

y los yugos de los bueyes para

leña.

23 Todo esto, oh rey, Arauna lo

da al rey. Y dijo Arauna al rey:

Jehová tu Dios te sea propicio.

24 Y el rey dijo a Arauna: No,

sino que por precio te lo com-

praré, porque no ofreceré a

Jehová mi Dios holocaustos

que no me cuesten nada. En-

tonces David compró la era y

los bueyes por cincuenta siclos

de plata.

25 Y edificó allí David un altar

a Jehová, y sacrificó holocaus-

tos y a ofrendas de paz; y Jehová

se aplacó con la tierra, y cesó la

plaga de entre Israel.


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SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 23 VERSOS 1 AL 39

  SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 23 VERSOS  1 AL 39

CAPÍTULO 23

David habla por el poder del Es-

píritu — Los gobernantes deben

ser justos y gobernar en el temor

de Dios — Se hace mención de los

valientes de David y se enaltecen

sus obras.

ÉSTAS son las últimas palabras

de David.

Dijo David hijo de Isaí,

dijo aquel varón que fue le-

vantado en alto,

el ungido del Dios de Ja-

cob,

el dulce a cantor de Israel:

2 El a Espíritu de Jehová b ha ha-

blado por medio de mí,

y su c palabra ha estado en

mi lengua.

3 El Dios de Israel me ha ha-

blado,

me habló la Roca de Israel:

El que a gobierna a los hom-

bres con justicia,

que gobierna en el b temor

de Dios;

4 es como la a luz de la mañana

cuando sale el sol

en una mañana sin nubes;

como la hierba de la tierra

brota

por el resplandor después

de la lluvia.

5 ¿No es así mi casa para con

Dios?

Pues él ha hecho a convenio

eterno conmigo,

bien ordenado en todas las

cosas y seguro.

Aunque todavía no haya he-

cho florecer

toda mi b salvación y todo

mi deseo.

6 Pero los malvados, todos

ellos, serán como

espinos desechados,

los cuales nadie toma con

la mano;

7 y quien quiere tocarlos

se arma de un hierro y del

asta de una lanza,

y son del todo quemados en

su lugar.

8 Éstos son los nombres de

los a valientes que tuvo David:

Joseb-basebet, el tacmonita,

principal de los capitanes; éste

era Adino, el eznita, que mató

en una ocasión a ochocientos

hombres.

9 Después de éste, Eleazar hijo

de Dodo, el ahohíta, uno de los

tres valientes que estaban con

David cuando desafiaron a los

filisteos que se habían reunido

allí para la batalla, y los hombres

de Israel se alejaron.

10 Éste se levantó e hirió a los

filisteos hasta que su mano se

cansó y se le quedó pegada a la

espada. Aquel día Jehová dio una

gran victoria, y el pueblo se vol-

vió en pos de él solamente para

tomar el botín.

11 Después de éste fue Sama

hijo de Age, el ararita. Y los filis-

teos se habían reunido en Lehi,

donde había un pequeño terreno

lleno de lentejas, y el pueblo huyó

delante de los filisteos.

12 Él entonces se puso en me-

dio del terreno, y lo defendió y

mató a los filisteos; y así Jehová

dio una gran victoria.

13 Y tres de los treinta jefes des-

cendieron y vinieron en tiempo

de la siega a David a la cueva de

Adulam; y el campamento de

los filisteos estaba en el valle de

Refaim.

14 David entonces estaba en el

lugar fuerte, y la guarnición de

los filisteos estaba en Belén.

15 Y David tuvo un gran deseo

y dijo: ¡Quién me diera a beber

del agua del pozo de Belén que

está junto a la puerta!

16 Entonces los tres valientes

irrumpieron en el campamento

de los filisteos, y sacaron agua del

pozo de Belén que estaba junto

a la puerta, se la llevaron, y la

trajeron a David; pero él no la

quiso beber, sino que la derramó

ante Jehová,

17 y dijo: Lejos esté de mí, oh

Jehová, que yo haga esto. ¿No es

esto como la sangre de los hom-

bres que fueron con peligro de

su vida? Y no quiso beberla. Los

tres valientes hicieron esto.

18 Y Abisai, hermano de Joab,

hijo de Sarvia, era el principal

de los treinta; éste alzó su lanza

contra trescientos, a quienes

mató, y tuvo renombre entre

los tres.

19 Él era el más destacado de los

treinta, y llegó a ser su jefe, pero

no igualó a los tres primeros.

20 Después, Benaía hijo de

Joiada, hijo de un hombre va-

liente, grande en hechos, de Cab-

seel. Éste mató a a dos leones de

Moab; y él mismo descendió y

mató a un león en medio de un

foso un día de nieve.

21 También mató él a un egipcio,

hombre de gran estatura; y tenía

el egipcio una lanza en la mano,

pero descendió contra él con un

palo, y le arrebató al egipcio la

lanza de la mano y lo mató con

su propia lanza.

22 Esto hizo Benaía hijo de

Joiada, y tuvo renombre como

los tres valientes.

23 De los treinta fue el más des-

tacado, pero no igualó a los tres

primeros. Y lo puso David como

jefe de su guardia personal.

24 Asael, hermano de Joab, era

uno de los treinta; Elhanán hijo

de Dodo, de Belén,

25 Sama, el harodita, Elica, el

harodita,

26 Heles, el paltita, Ira hijo de

Iques, el tecoíta,

27 Abiezer, el anatotita, Mebu-

nai, el husaíta,

28 Salmón, el ahohíta, Maharai,

el netofatita,

29 Heleb hijo de Baana, el

netofatita, Itai hijo de Ribai,

el de Gabaa de los hijos de

Benjamín,

30 Benaía, el piratonita, Hidai,

del arroyo de Gaas,

31 Abi-albón, el arbatita, Azma-

vet, el barhumita,

32 Eliaba, el saalborita, Jonatán,

de los hijos de Jasén,

33 Sama, el ararita, Ahíam hijo

de Sarar, el ararita,

34 Elifelet hijo de Ahasbai, hijo

de Maaca, Eliam hijo de Ahitofel,

el gilonita,

35 Hezrai, el carmelita, Paarai,

el arbita;

36 Igal hijo de Natán, de Soba,

Bani, el gadita;

37 Selec, el amonita, Naharai, el

beerotita, escudero de Joab hijo

de Sarvia,

38 Ira, el itrita, Gareb, el itrita,

39 y Urías, el heteo. Entre todos,

treinta y siete.


SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 22 VERSOS 1 AL 51 CAPÍTULO 22

 SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 22 VERSOS 1 AL  51

CAPÍTULO 22

David alaba a Jehová con un salmo

de agradecimiento — Jehová es

su fortaleza y su salvador; Jehová

es fuerte y poderoso para librar,

premia a los hombres de acuerdo

con su rectitud, muestra mise-

ricordia al misericordioso y Su

camino es perfecto; Él vive y

bendito sea.

Y DIRIGIÓ David a Jehová las pa-

labras de este a cántico, el día en

que Jehová le libró de manos de

todos sus enemigos y de manos

de Saúl.

2 Y dijo:

Jehová es mi a roca, y mi for-

taleza y mi libertador;

3 Dios de mi roca, en él a con-

fiaré;

mi b escudo y el poder de mi

salvación, mi fortaleza y

mi alto refugio.

Salvador mío, me libras de

violencia.

4 Invocaré a Jehová, quien es

digno de ser alabado,

y seré salvo de mis enemi-

gos.

5 Me envolvieron las olas de

la muerte;

torrentes de iniquidad me

atemorizaron.

6 Me rodearon las ligaduras

del a Seol,

y tendieron ante mí lazos de

muerte.

7 En mi angustia invoqué a

Jehová

y a clamé a mi Dios;

y él oyó mi voz desde su

templo,

y mi clamor llegó a sus oí-

dos.

8 La tierra se sacudió y tem-

bló;

se conmovieron los cimien-

tos de los cielos,

y se estremecieron, porque

él se airó.

9 Humo subió de su nariz,

y de su boca fuego consu-

midor;

carbones fueron encendidos

por él.

10 Inclinó los cielos y descen-

dió;

densas tinieblas había debajo

de sus pies.

11 Y cabalgó sobre un a querubín

y voló;

y se le vio sobre las alas del

viento.

12 De las tinieblas hizo pabe-

llones a su alrededor,

oscuridad de aguas y den-

sas nubes.

13 Por el resplandor de su pre-

sencia

se encendieron carbones ar-

dientes.

14 Tronó Jehová desde los cie-

los,

y el Altísimo su voz dio;

15 envió saetas y los dispersó;

envió relámpagos y los con-

fundió.

16 Entonces aparecieron las

cuencas del mar,

y quedaron al descubierto

los cimientos del mundo

ante la reprensión de Je-

hová,

al soplo del aliento de su

nariz.

17 Envió desde lo alto; me

tomó;

me sacó de caudalosas

aguas.

18 Me libró de mi poderoso ene-

migo,

de los que me aborrecían,

pues eran más fuertes que

yo.

19 Me asaltaron en el día de

mi calamidad,

mas Jehová fue mi apoyo.

20 Me sacó a lugar espacioso;

me libró, porque se compla-

ció en mí.

21 Me recompensó Jehová con-

forme a mi justicia;

conforme a la a limpieza de

mis manos me ha recom-

pensado.

22 Porque he guardado los ca-

minos de Jehová

y no me aparté impíamente

de mi Dios.

23 Pues todos sus a decretos es-

taban delante de mí,

y de sus estatutos no me he

apartado.

24 Y fui íntegro para con él,

y me he guardado de mi ini-

quidad.

25 Me ha recompensado, por

tanto, Jehová

conforme a mi justicia,

conforme a mi limpieza

delante de sus ojos.

26 Con el misericordioso te

muestras misericordioso,

y con el íntegro te muestras

íntegro.

27 Con el puro eres puro,

y con el perverso eres sa-

gaz.

28 Y tú salvas al pueblo a afli-

gido,

mas tus ojos están sobre

los b altivos para abatir-

los.

29 Porque tú eres mi a lámpara,

oh Jehová;

y Jehová b alumbra mis ti-

nieblas.

30 Porque contigo desbarato

ejércitos,

y con mi Dios salto

muros.

31 En cuanto a Dios, a perfecto

es su camino;

acrisolada es la b palabra de

Jehová,

c escudo es a todos los que en

él se refugian.

32 Porque, ¿quién es Dios sino

Jehová?

¿Y quién es roca sino nues-

tro Dios?

33 Dios es mi a fortaleza pode-

rosa,

y hace perfecto mi camino;

34 hace mis pies como de cier-

vas

y me hace estar firme en mis

alturas;

35 adiestra mis manos para la

a batalla

y mis brazos para tensar el

arco de bronce.

36 Y me diste el escudo de tu

salvación,

y tu benignidad me ha en-

grandecido.

37 Tú ensanchaste mis pasos

debajo de mí,

y mis pies no han resba-

lado.

38 Perseguí a mis enemigos y

los destruí;

y no regresé hasta haberlos

acabado.

39 Los consumí y los herí, y no

se levantaron;

y cayeron debajo de mis

pies.

40 Pues me ceñiste de fuerzas

para la batalla;

has humillado debajo de mí

a los que contra mí se le-

vantaron.

41 Has hecho que mis enemigos

me vuelvan las

a espaldas,

para que yo destruyese a los

que me aborrecían.

42 Buscaron ayuda, mas no

hubo quien los salvase;

clamaron a Jehová, mas no

les respondió.

43 Como polvo de la tierra los

molí;

como a lodo de las calles los

pisé y los hollé.

44 Tú me libraste de las contien-

das de mi pueblo;

me guardaste para que fuese

cabeza de a naciones;

pueblo que yo no conocía

me sirve.

45 Los hijos de extranjeros se

someten a mí;

al oírme, me obedecen.

46 Los hijos de extranjeros des-

fallecen

y salen temblando de sus

refugios.

47 ¡a Viva Jehová! ¡Y bendita sea

mi roca!

b Exaltado sea Dios, la roca

de mi salvación,

48 el Dios que por mí toma

a venganza,

y sujeta pueblos debajo de

49 y me libra de mis enemi-

gos.

Tú me enalteces sobre los que

se levantan contra mí;

me libras del hombre vio-

lento.

50 Por eso yo te a alabaré entre

las naciones, oh Jehová,

y cantaré alabanzas a tu

nombre.

51 Él es torre de salvación a su

rey

y hace misericordia a su un-

gido:

a David y a su descendencia

para siempre.

Fuente: Antigua versión de

Casiodoro de Reina (1569)

Revisada por Cipriano de Valera (1602)

Otras revisiones: 1862, 1909


SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 21 VERSOS 1 AL 22

 SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 21 VERSOS 1 AL 22

CAPÍTULO 21

Jehová envía una hambruna — Da-

vid comprende que la hambruna

se debe a que Saúl mató a los ga-

baonitas, acto contrario al jura-

mento de Israel — David entrega

siete hijos de Saúl a los gabaoni-

tas para que los ahorquen — Is-

rael y los filisteos continúan sus

guerras.

Y EN los días de David hubo

hambre durante tres años con-

secutivos. Y David consultó a

Jehová, y Jehová le dijo: Es por

causa de Saúl, y por aquella casa

sanguinaria, porque mató a los

gabaonitas.

2 Entonces el rey llamó a los

gabaonitas y les habló. (Los a ga-

baonitas no eran de los hijos de

Israel, sino del resto de los amo-

rreos, a los cuales los hijos de

Israel habían hecho juramento;

pero Saúl había procurado ma-

tarlos en su celo por los hijos de

Israel y de Judá.)

3 Dijo, pues, David a los ga-

baonitas: ¿Qué haré por vo-

sotros, y cómo os compensaré

para que bendigáis la heredad

de Jehová?

4 Y los gabaonitas le respon-

dieron: No tenemos nosotros

querella sobre plata ni sobre

oro con Saúl ni con su casa, ni

queremos que muera ningún


hombre de Israel. Y él les dijo:

Lo que digáis, eso haré por

vosotros.

5 Y ellos respondieron al rey: De

aquel hombre que nos destruyó

y que maquinó contra nosotros,

para exterminarnos sin dejar nada

de nosotros en todo el territorio

de Israel,

6 que se nos den siete hombres

de entre sus a hijos para que los

ahorquemos delante de Jehová en

Gabaa de Saúl, el escogido de Je-

hová. Y el rey dijo: Os los daré.

7 Y perdonó el rey a Mefi-boset

hijo de Jonatán, hijo de Saúl, por

el a juramento de Jehová que hubo

entre ellos, entre David y Jonatán

hijo de Saúl.

8 Mas tomó el rey a dos hijos de

Rizpa, hija de Aja, los cuales ella

había dado a luz a Saúl, a Armoni

y a Mefi-boset, y a cinco hijos de

Mical, hija de Saúl, los cuales ella

había dado a luz a Adriel hijo de

Barzilai, el meholatita,

9 y los entregó en manos de los

gabaonitas, y ellos los ahorcaron

en el monte delante de Jehová; y

murieron juntos aquellos siete,

los cuales fueron muertos en los

primeros días de la siega, al prin-

cipio de la siega de la cebada.

10 Y tomó Rizpa, hija de Aja,

una tela de a cilicio y la tendió

para sí sobre un peñasco, desde

el principio de la siega hasta que

llovió sobre ellos agua del cielo;

y no dejó que ninguna ave del

cielo se posara sobre ellos de

día, ni las fieras del campo de

noche.

11 Y le dijeron a David lo que

hacía Rizpa, hija de Aja, concu-

bina de Saúl.

12 Entonces David fue y tomó

los huesos de Saúl y los huesos de

Jonatán, su hijo, de los hombres

de Jabes de Galaad, que los ha-

bían hurtado de la plaza de Bet-

sán, donde los habían colgado los

filisteos cuando éstos mataron a

Saúl en Gilboa;

13 e hizo llevar de allí los huesos

de Saúl y los huesos de su hijo Jo-

natán; y también recogieron los

huesos de los ahorcados.

14 Y sepultaron los huesos de

Saúl y los de su hijo Jonatán en

la tierra de Benjamín, en Zela,

en el sepulcro de su padre Cis;

e hicieron todo lo que el rey ha-

bía mandado. Después de esto,

Dios escuchó las súplicas para

con la tierra.

15 Y cuando los filisteos vol-

vieron a hacer la guerra contra

Israel, descendió David y sus

siervos con él y pelearon contra

los filisteos; y David se cansó.

16 E Isbi-benob, uno de los

descendientes del gigante, cuya

lanza pesaba trescientos siclos

de bronce, y que llevaba ceñida

una espada nueva, trató de matar

a David;

17 pero Abisai hijo de Sarvia

llegó en su ayuda, e hirió al fi-

listeo y lo mató. Entonces los

hombres de David le juraron,

diciendo: Nunca más de aquí en

adelante saldrás con nosotros a

la batalla, no sea que apagues la

lámpara de Israel.

18 Y aconteció que después hubo

una segunda guerra en Gob con-

tra los filisteos; entonces Sibecai,

el husatita, mató a Saf, que era

de los hijos del a gigante.

19 Y hubo guerra en Gob contra

los filisteos, en la cual Elhanán

hijo de Jaare-oregim, de Belén,

mató a Goliat, el geteo, el asta

de cuya lanza era como el rodillo

de un telar.

20 Después hubo otra guerra

en Gat, donde había un hombre

de gran estatura, el cual tenía

doce dedos en las manos y otros

doce en los pies, veinticuatro en

total; y también era de los hijos

del gigante.

21 Éste desafió a Israel, y lo mató

Jonatán hijo de Simea, hermano

de David.

22 Estos cuatro eran descendien-

tes del gigante de Gat, los cuales

cayeron por mano de David y por

mano de sus siervos.

18 Y aconteció que después hubo

una segunda guerra en Gob con-

tra los filisteos; entonces Sibecai,

el husatita, mató a Saf, que era

de los hijos del a gigante.

19 Y hubo guerra en Gob contra

los filisteos, en la cual Elhanán

hijo de Jaare-oregim, de Belén,

mató a Goliat, el geteo, el asta

de cuya lanza era como el rodillo

de un telar.

20 Después hubo otra guerra

en Gat, donde había un hombre

de gran estatura, el cual tenía

doce dedos en las manos y otros

doce en los pies, veinticuatro en

total; y también era de los hijos

del gigante.

21 Éste desafió a Israel, y lo mató

Jonatán hijo de Simea, hermano

de David.

22 Estos cuatro eran descendien-

tes del gigante de Gat, los cuales

cayeron por mano de David y por

mano de sus siervos.


Fuente:  2009 por Intellectual Reserve, Inc.

Publicada en los Estados Unidos de América

/2009

www.scriptures.lds.org/es

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 20 VERSO 1 AL 26

 SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 20 VERSO 1 AL 26


Seba aparta a las tribus de Israel

de David — Joab mata a Amasa y

persigue a Seba — Intercede una

mujer sabia — La muerte de Seba

da fin a la insurrección.

Y ACAECIÓ que se encontraba allí

un hombre perverso que se lla-

maba Seba hijo de Bicri, hombre

de Benjamín, el cual tocó la trom-

peta y dijo: No tenemos nosotros

parte con David ni heredad con

el hijo de Isaí. ¡Israel, cada uno

a su tienda!

2 Así todos los hombres de Israel

abandonaron a David y siguieron

a Seba hijo de Bicri; pero los de

Judá siguieron a su rey desde el

Jordán hasta Jerusalén.


3 Y cuando llegó David a su

casa en Jerusalén, tomó el rey

a las diez mujeres a concubinas

que había dejado para guardar

la casa, y las puso en reclusión

en una casa y les dio alimento;

pero nunca más se llegó a ellas,

sino que quedaron encerradas

hasta que murieron en viudez

de por vida.

4 Después dijo el rey a Amasa:

Convócame a los hombres de

Judá para dentro de tres días, y

preséntate tú también aquí.

5 Fue, pues, Amasa a convocar

a Judá, pero se tardó más tiempo

del que le había sido señalado.

6 Y dijo David a Abisai: Seba

hijo de Bicri nos hará ahora más

daño que Absalón; toma, pues,

tú los siervos de tu señor y ve

tras él, no sea que alcance las

ciudades fortificadas y se nos

escape.

7 Entonces salieron en pos de él

los hombres de Joab, y los cere-

teos, y los peleteos y todos los va-

lientes; salieron de Jerusalén para

perseguir a Seba hijo de Bicri.

8 Y estando ellos cerca de la

piedra grande que está en Ga-

baón, les salió Amasa al encuen-

tro. Ahora bien, la vestidura que

Joab tenía puesta le quedaba ce-

ñida, y sobre ella llevaba un cinto

con una daga envainada y sujeta

a sus lomos, la cual, cuando él

avanzó, se le cayó.

9 Entonces Joab dijo a Amasa:

¿Te va bien, hermano mío? Y

tomó Joab con la diestra la barba

de Amasa para besarlo.

10 Y como Amasa no se cuidó

de la daga que Joab tenía en la

mano, éste le hirió con ella en la

quinta costilla y derramó sus en-

trañas por tierra, y cayó muerto

sin darle un segundo golpe. Des-

pués Joab y su hermano Abisai

fueron en persecución de Seba

hijo de Bicri.

11 Y uno de los hombres de

Joab se puso de pie junto a él,

diciendo: Cualquiera que ame a

Joab y a David, siga a Joab.

12 Y Amasa yacía revolcado en

su sangre en mitad del camino;

y viendo aquel hombre que todo

el pueblo se detenía, apartó a

Amasa del camino al campo y

echó sobre él una vestidura, por-

que veía que todos los que venían

se detenían junto a él.

13 Una vez que fue apartado del

camino, pasaron todos los que

seguían a Joab, para ir tras Seba

hijo de Bicri.

14 Y Seba pasó por todas las

tribus de Israel hasta Abel de

Bet-maaca y todos los de Ba-

rim; y se reunieron y también lo

siguieron.

15 Y vinieron y lo sitiaron en

Abel de Bet-maaca, y levantaron

una rampa contra la ciudad; y fue

puesta contra el muro, y todo el

pueblo que estaba con Joab traba-

jaba para derribar el muro.

16 Entonces una mujer sabia

dio voces en la ciudad, diciendo:

¡Oíd, oíd!; os ruego que digáis a

Joab que venga acá, para que yo

hable con él.

17 Y cuando él se acercó a ella,

dijo la mujer: ¿Eres tú Joab? Y él

respondió: Yo soy. Y ella le dijo:

Oye las palabras de tu sierva. Y

él respondió: Oigo.

18 Entonces volvió ella a hablar,

diciendo: Antiguamente solían

decir: Quien pregunte, pregunte

en Abel; y así concluían todo

asunto.

19 Yo soy de las pacíficas y fieles

de Israel, y tú procuras destruir

una ciudad y una madre en Israel.

¿Por qué destruyes la heredad

de Jehová?

20 Y Joab respondió, diciendo:

Nunca, nunca tal cosa me acon-

tezca, que yo a destruya ni

deshaga.

21 La cosa no es así, sino que un

hombre de los montes de Efraín,

que se llama Seba hijo de Bicri,

ha levantado su mano contra el

rey David. Entregad a ése sola-

mente y me iré de la ciudad. Y

la mujer dijo a Joab: He aquí que

su cabeza te será arrojada desde

el muro.

22 Y la mujer fue a todo el pue-

blo con su sabiduría; y ellos le

cortaron la cabeza a Seba hijo

de Bicri y la arrojaron a Joab. Y

él tocó la trompeta, y se retira-

ron de la ciudad, cada uno a su

tienda. Y Joab regresó a Jerusalén

junto al rey.

23 Así quedó Joab sobre todo

el ejército de Israel, y Benaía hijo

de Joiada sobre los cereteos y los

peleteos;

24 y Adoram estaba sobre los

tributos, y Josafat hijo de Ahilud

era el cronista.

25 Y Seba era el escriba; y Sadoc

y Abiatar eran los sacerdotes.

26 E Ira, el jaireo, también fue

sacerdote de David.

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 19 VERSOS 1 AL 43

 SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 19 VERSOS 1 AL 43


CAPÍTULO 19

Joab reprende a David por favore-

cer a sus enemigos en vez de a sus

amigos — David cambia a Joab por

Amasa — Simei, quien maldijo a

David, es perdonado — Mefi-bo-

set rinde homenaje a David — Los

hombres de Judá llevan a David de

regreso a Jerusalén.

Y DIERON aviso a Joab: He aquí

el rey llora y hace duelo por

Absalón.

2 Y aquel día la victoria se con-

virtió en duelo para todo el pue-

blo, porque el pueblo oyó decir

aquel día que el rey sentía dolor

por su hijo.

3 Y entró el pueblo aquel día en

la ciudad escondidamente, como

suele entrar a escondidas el pue-

blo avergonzado que ha huido

de la batalla.

4 Y el rey, cubierto el rostro, cla-

maba en alta voz: ¡Oh hijo mío

Absalón, oh Absalón, hijo mío,

hijo mío!

5 Entonces Joab entró en la casa

donde estaba el rey y le dijo:

Hoy has avergonzado el rostro

de todos tus siervos, que hoy

han librado tu vida, y la vida de

tus hijos y de tus hijas, y la vida

de tus esposas y la vida de tus

concubinas,

6 amando a los que te aborrecen

y aborreciendo a los que te aman;

porque hoy has declarado que

nada te importan tus príncipes

ni tus siervos; pues hoy sé que

si Absalón viviera, aunque todos

nosotros estuviéramos hoy muer-

tos, entonces estarías contento.

7 Levántate pues, ahora, y sal

fuera y a habla bondadosamente

a tus siervos, porque juro por

Jehová que si no sales, no que-

dará ni un hombre contigo esta

noche; y esto será peor para ti

que todos los males que te han

sobrevenido desde tu juventud

hasta ahora.

8 Entonces se levantó el rey y

se sentó a la puerta; y se avisó a

todo el pueblo, diciendo: He aquí

el rey está sentado a la puerta. Y

vino todo el pueblo delante del

rey; pero Israel había huido cada

uno a su tienda.

9 Y sucedió que todo el pueblo


a discutía en todas las tribus de

Israel, diciendo: El rey nos ha

librado de manos de nuestros

enemigos y nos ha salvado de

manos de los filisteos; y ahora

ha huido del territorio por causa

de Absalón.

10 Y Absalón, a quien había-

mos a ungido sobre nosotros, ha

muerto en la batalla. ¿Por qué,

pues, estáis ahora callados con

respecto a hacer volver al rey?

11 Y el rey David envió a los

sacerdotes Sadoc y Abiatar, di-

ciendo: Hablad a los ancianos

de Judá y decidles: ¿Por qué se-

réis vosotros los últimos en hacer

volver al rey a su casa, ya que la

palabra de todo Israel ha llegado

al rey, a su casa?

12 Vosotros sois mis a hermanos;

mis huesos y mi carne sois. ¿Por

qué, pues, seréis vosotros los úl-

timos en hacer volver al rey?

13 Asimismo diréis a Amasa:

¿No eres tú también hueso mío

y carne mía? Así me haga Dios

y aun me añada, si no has de ser

general del ejército delante de mí

para siempre, en lugar de Joab.

14 Así inclinó el a corazón de to-

dos los hombres de Judá, como

el de un solo hombre, para que

enviasen a decir al rey: Vuelve tú

y todos tus siervos.

15 Volvió, pues, el rey y llegó

hasta el Jordán. Y Judá vino a Gil-

gal para recibir al rey y hacerle

pasar el Jordán.

16 Y Simei hijo de Gera, el ben-

jaminita, que era de Bahurim,

se dio prisa y descendió con los

hombres de Judá a recibir al rey

David;

17 y con él venían mil hombres

de Benjamín; asimismo Siba,

criado de la casa de Saúl, con sus

quince hijos y sus veinte siervos,

los cuales se apresuraron a pasar

el Jordán delante del rey.

18 Y cruzaron el vado para ha-

cer pasar a la familia del rey y

para hacer lo que a él le pareciera

bien. Entonces Simei hijo de Gera

se postró delante del rey cuando

éste pasó el Jordán.

19 Y dijo al rey: No me culpe mi

señor de iniquidad, ni te acuerdes

de los males que tu siervo hizo el

día en que mi señor el rey salió

de Jerusalén, ni los guarde el rey

en su corazón;

20 porque yo, tu siervo, reco-

nozco haber pecado, y he aquí

que he venido hoy, el primero de

toda la casa de José, para descen-

der a recibir a mi señor el rey.

21 Y Abisai hijo de Sarvia res-

pondió y dijo: ¿No ha de morir

por esto Simei, que a maldijo al

b ungido de Jehová?

22 David entonces dijo: ¿Qué

tengo yo que ver con vosotros,

hijos de Sarvia, para que hoy me

seáis adversarios? ¿Ha de morir

hoy alguno en Israel? ¿Acaso no

sé que hoy soy rey sobre Israel?

23 Y dijo el rey a Simei: No mo-

rirás. Y el rey se lo juró.

24 También Mefi-boset hijo de

Saúl descendió a recibir al rey; y

no había aseado sus pies, ni había

recortado su barba, ni tampoco

había lavado sus vestidos desde

el día en que el rey salió hasta el

día en que volvió en paz.

25 Y aconteció que cuando él

vino a Jerusalén a recibir al rey, el

rey le dijo: Mefi-boset, ¿por qué

no fuiste conmigo?

26 Y él dijo: Oh rey señor mío,

mi siervo me ha engañado; pues

tu siervo había dicho: Me ensi-

llaré un asno, y montaré en él e iré

al rey, porque tu siervo es cojo.

27 Y él a ha calumniado a tu

siervo delante de mi señor el rey,

pero mi señor el rey es como un

ángel de Dios; haz, pues, lo que

bien te parezca.

28 Porque toda la casa de mi pa-

dre era digna de muerte delante

de mi señor el rey, y tú pusiste

a tu siervo entre los convidados

a tu mesa. ¿Qué derecho, pues,

tengo aún para quejarme más

al rey?

29 Y el rey le dijo: ¿Para qué

hablar más de tus asuntos? Yo

he determinado que tú y Siba os

repartáis las tierras.

30 Y Mefi-boset dijo al rey: Deja

que él las tome todas, puesto que

mi señor el rey ha vuelto en paz

a su casa.

31 También a Barzilai, el galaa-

dita, descendió de Rogelim, y

pasó el Jordán con el rey, para

acompañarle al otro lado del

Jordán.

32 Y era Barzilai muy anciano,

de ochenta años, el cual había

dado provisiones al rey cuando

estaba en Mahanaim, porque era

un hombre potentado.

33 Y el rey dijo a Barzilai: Cruza

conmigo y yo te sustentaré junto

a mí en Jerusalén.

34 Mas Barzilai dijo al rey:

¿Cuántos años me quedan de

vida para que yo suba con el rey

a Jerusalén?

35 Ya tengo ochenta años de

edad. ¿Acaso podré yo discernir

entre lo bueno y lo malo? ¿Sa-

boreará ahora tu siervo lo que

coma o lo que beba? ¿Oirá aún

la voz de los cantores y de las

cantoras? ¿Para qué, pues, ha de

ser tu siervo una carga para mi

señor el rey?

36 Pasará tu siervo un poco más

allá del Jordán con el rey; pero,

¿por qué me ha de dar el rey tan

gran recompensa?

37 Yo te ruego que dejes volver

a tu siervo, para que muera en mi

ciudad, junto al sepulcro de mi

padre y de mi madre. Mas he aquí

a tu siervo Quimam; que pase él

con mi señor el rey, y haz con él

lo que bien te parezca.

38 Y el rey dijo: Pues pase con-

migo Quimam, y yo haré con él

como bien te parezca; y todo lo

que tú me pidas, yo lo haré.

39 Y todo el pueblo pasó el Jor-

dán; y luego que el rey hubo

también pasado, el rey besó a

Barzilai y lo bendijo; y él volvió

a su casa.

40 El rey entonces pasó a Gilgal,

y con él pasó Quimam; y todo

el pueblo de Judá, con la mitad

del pueblo de Israel, pasaron con

el rey.

41 Y he aquí todos los hombres

de Israel vinieron al rey y le di-

jeron: ¿Por qué los hombres de

Judá, nuestros hermanos, te han

acaparado, y han hecho pasar

el Jordán al rey y a su familia,

y a todos los hombres de David

con él?

42 Y todos los hombres de Judá

respondieron a los de Israel: Por-

que el rey es nuestro pariente.

Mas, ¿por qué os enojáis voso-

tros por eso? ¿Hemos nosotros

comido a costa del rey? ¿Hemos

recibido de él alguna dádiva?

43 Entonces respondieron los

hombres de Israel y dijeron a los

de Judá: Nosotros tenemos en el

rey diez partes, y en el mismo

David más derecho que voso-

tros. ¿Por qué, pues, nos habéis

tenido en poco? ¿No hablamos

nosotros primero de hacer volver

a nuestro rey? Y las palabras de

los hombres de Judá fueron más

severas que las de los hombres

de Israel.

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPÍTULO 18 VERSOS 1 AL 33

 SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPÍTULO 18 VERSOS 1 AL 33

CAPÍTULO 18

Los israelitas son derrotados en los

bosques de Efraín — Joab mata a

Absalón — Llevan a David la no-

ticia de su muerte y éste se lamenta

por su hijo.

DAVID, pues, contó a los del pue-

blo que estaban con él, y puso so-

bre ellos jefes de millares y jefes

de centenas.

2 Y envió una tercera parte del

pueblo bajo el mando de Joab, y

otra tercera parte bajo el mando

de Abisai hijo de Sarvia, hermano

de Joab, y la otra tercera parte

bajo el mando de Itai, el geteo. Y

dijo el rey al pueblo: Yo también

saldré con vosotros.

3 Pero el pueblo dijo: No a sal-

drás, porque si nosotros huimos,

no harán caso de nosotros; y aun-

que la mitad de nosotros muera,

no harán caso de nosotros; pero

tú ahora vales tanto como diez

mil de nosotros. Será, pues, me-

jor que tú nos des ayuda desde

la ciudad.

4 Entonces el rey les dijo: Yo

haré lo que bien os parezca. Y se

puso el rey al lado de la puerta,

mientras salía todo el pueblo por

centenares y por millares.

5 Y el rey mandó a Joab, y a

Abisai y a Itai, diciendo: Tratad

benignamente por amor a mí al

joven Absalón. Y todo el pueblo

oyó cuando el rey dio órdenes

acerca de Absalón a todos los

jefes.

6 Salió, pues, el pueblo al campo

contra Israel, y se libró la batalla

en el bosque de Efraín;

7 y allí cayó el pueblo de Is-

rael delante de los siervos de

David, y aquel día se hizo allí

una gran matanza de veinte mil

hombres.

8 Y la batalla se extendió por

todo el territorio, y fueron más los

que devoró el bosque aquel día

que los que devoró la espada.

9 Y Absalón se encontró con los

siervos de David; e iba Absalón

sobre un mulo, y el mulo pasó

por debajo del espeso ramaje de

una gran encina, y se le enredó

la cabeza en la encina, y quedó

suspendido entre el cielo y la tie-

rra, y el mulo en que iba siguió

de largo.

10 Y lo vio uno y avisó a Joab,

diciendo: He aquí que he visto a

Absalón colgado de una encina.

11 Y Joab respondió al hom-

bre que le daba la noticia: Y si lo

viste, ¿por qué no le mataste en

seguida allí, echándole a tierra?

Yo te hubiera dado diez siclos de

plata y un cinturón.

12 Y el hombre dijo a Joab: Aun-

que pesaras en mis manos mil

siclos de plata, no extendería yo

mi mano contra el hijo del rey,

porque nosotros oímos cuando el

rey te mandó a ti, y a Abisai y a

Itai, diciendo: Mirad que ninguno

toque al joven Absalón.

13 Por otra parte, habría yo he-

cho traición contra mi vida, pues

al rey nada se le esconde, y tú

mismo estarías en contra.

14 Y respondió a Joab: No perderé

mi tiempo contigo. Y tomando

tres dardos en su mano, los clavó

en el corazón de Absalón, que

aún estaba vivo en medio de la

encina.

15 Y diez jóvenes escuderos de

Joab rodearon a Absalón y lo hi-

rieron, y acabaron de matarle.

16 Entonces Joab tocó la trom-

peta, y el pueblo dejó de perse-

guir a Israel, porque Joab detuvo

al pueblo.

17 Tomando después a Absalón,

lo echaron en un gran hoyo en el

bosque y levantaron sobre él un

montón muy grande de piedras;

y todo Israel huyó, cada uno a

su tienda.

18 Y en vida, Absalón había to-

mado piedras y había erigido una

columna para sí, la cual está en

el valle del rey, porque había di-

cho: Yo no tengo hijo que con-

serve la memoria de mi nombre.

Y a llamó aquella columna por su

propio nombre, y así se ha lla-

mado la b Columna de Absalón,

hasta hoy.

19 Entonces Ahimaas hijo de Sa-

doc dijo: ¿Correré ahora y daré al

rey las nuevas de que a Jehová le

ha vindicado de la mano de sus

enemigos?

20 Y le respondió Joab: Hoy

no llevarás las nuevas; las lle-

varás otro día; no darás hoy la

noticia, porque el hijo del rey ha

muerto.

21 Y Joab dijo a un etíope: Ve tú

y di al rey lo que has visto. Y el

etíope hizo reverencia ante Joab

y corrió.

22 Entonces Ahimaas hijo de

Sadoc volvió a decir a Joab: Sea

como sea, yo correré, te ruego,

tras el etíope. Y Joab dijo: Hijo

mío, ¿para qué has de correr tú,

si no recibirás recompensa por

las nuevas?

23 Pero él respondió: Sea como

sea, yo correré. Entonces le dijo:

Corre. Corrió, pues, Ahimaas,

por el camino de la llanura, y se

adelantó al etíope.

24 Y David estaba sentado en-

tre las dos puertas; y el atalaya

subió al terrado que estaba sobre

la puerta del muro, y alzando sus

ojos, miró y vio a un hombre que

corría solo.

25 El atalaya dio voces, y lo hizo

saber al rey. Y el rey dijo: Si viene

solo, buenas nuevas trae. En tanto

que él venía acercándose,

26 vio el atalaya a otro hombre

que corría; y dio voces el atalaya

al portero, diciendo: He aquí otro

hombre que corre solo. Y el rey

dijo: Éste también trae buenas

nuevas.

27 Y el atalaya dijo: Me parece

el correr del primero como el co-

rrer de Ahimaas hijo de Sadoc.

Y respondió el rey: Ése es hom-

bre de bien y viene con buenas

nuevas.

28 Entonces Ahimaas dijo en

alta voz al rey: Paz. Y se postró

sobre su rostro en tierra delante

del rey y dijo: Bendito sea Je-

hová tu Dios, que ha entregado

a los hombres que habían levan-

tado sus manos contra mi señor

el rey.

29 Y el rey dijo: ¿El joven Ab-

salón está bien? Y Ahimaas res-

pondió: Vi yo un gran alboroto

cuando envió Joab al siervo del

rey y a mí, tu siervo, pero no supe

qué era.

30 Y el rey dijo: Pasa, y ponte

allí. Y él pasó y se quedó de pie.

31 Y he aquí llegó el etíope y

dijo: Reciba buenas nuevas mi

señor el rey, porque hoy Jehová

te ha vindicado de la mano de

todos los que se habían levan-

tado contra ti.

32 El rey entonces dijo al etíope:

¿El joven Absalón está bien? Y el

etíope respondió: Como aquel

joven sean los enemigos de mi

señor el rey, y todos los que se

levanten contra ti para mal.

33 Entonces el rey se turbó, y

subió a la sala que estaba encima

de la puerta y lloró; y yendo, de-

cía así: ¡Hijo mío Absalón, hijo

mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me

diera haber muerto yo en tu lu-

gar, Absalón, hijo mío, hijo mío!


FUENTE:  Publicada en los Estados Unidos de América

www.scriptures.lds.org/es

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 17 VERSOS 1 AL 29

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 17 VERSOS 1 AL 29

CAPÍTULO 17
Se rechaza el consejo de Ahitofel y
se acepta el de Husai — Se da una
advertencia a David y éste huye,
pasando el Jordán — Ahitofel se
ahorca — El pueblo se prepara para
la guerra.
ENTONCES Ahitofel dijo a Absa-
lón: Yo escogeré ahora doce mil
hombres, y me levantaré y perse-
guiré a David esta noche.
2 Y caeré sobre él cuando esté
cansado y débil de manos; lo ate-
morizaré y todo el pueblo que
está con él huirá; y mataré sola-
mente al rey.
3 Así haré volver a ti a todo el
pueblo. Y cuando ellos hayan
vuelto (pues aquel hombre es el
que tú buscas), todo el pueblo
estará en paz.
4 Este consejo pareció bien a
Absalón y a todos los a ancianos
de Israel.
5 Y dijo Absalón: Llama también
ahora a Husai, el arquita, para
que también oigamos lo que él
tenga que decir.
6 Y cuando Husai vino a Absa-
lón, le habló Absalón, diciendo:
Así ha dicho Ahitofel; ¿seguire-
mos su consejo, o no? Di tú.
7 Entonces Husai dijo a Absa-
lón: El consejo que ha dado esta
vez Ahitofel no es bueno.
8 Y añadió Husai: Tú sabes que
tu padre y sus hombres son va-
lientes y que están con amar-
gura de ánimo, como la osa en
el campo cuando le han quitado
sus cachorros. Además, tu padre
es hombre de guerra y no pasará
la noche con el pueblo.
9 He aquí, él estará ahora es-
condido en alguna cueva o en
otro lugar; y acontecerá que si al
principio caen algunos de los tu-
yos, cualquiera que lo oiga dirá:
Ha habido una matanza entre el
pueblo que sigue a Absalón.
10 Y aun el hombre valiente,
cuyo corazón sea como corazón
de león, sin duda desmayará, por-
que todo Israel sabe que tu padre
es hombre valiente y que los que
están con él son valientes.
11 Aconsejo, pues, que todo Is-
rael se reúna contigo, desde Dan
hasta Beerseba, en multitud como
la arena que está a la orilla del
mar, y que tú en persona vayas
a la batalla.
12 Entonces le acometeremos en
cualquier lugar donde se halle,
y caeremos sobre él como cae el
rocío sobre la tierra, y ni a él ni a
ninguno de los que están con él
dejaremos con vida.
13 Y si se refugia en alguna ciu-
dad, todos los de Israel lleva-
rán sogas a aquella ciudad, y la
arrastraremos hasta el arroyo,
hasta que no se encuentre allí ni
una piedra.
14 Entonces Absalón y todos los
hombres de Israel dijeron: El con-
sejo de Husai, el arquita, es mejor
que el a consejo de Ahitofel. Por-
que Jehová había ordenado que
el acertado consejo de Ahitofel se
frustrara, para que Jehová hiciese
venir el mal sobre Absalón.
15 Dijo luego Husai a los
sacerdotes Sadoc y Abiatar: Así
y así aconsejó Ahitofel a Absalón
y a los ancianos de Israel; y de
esta manera aconsejé yo.
16 Por tanto, enviad inmediata-
mente y dad aviso a David, di-
ciendo: No te quedes esta noche
en los llanos del desierto, sino
pasa en seguida el Jordán, para
que el rey no sea destruido y todo
el pueblo que está con él.
17 Y Jonatán y Ahimaas esta-
ban junto a la fuente de Rogel, y
una criada fue y les avisó, por-
que ellos no podían dejarse ver
entrando en la ciudad; y ellos
fueron y se lo comunicaron al
rey David.
18 Pero fueron vistos por un jo-
ven, el cual avisó a Absalón; sin
embargo, los dos se dieron prisa
en caminar y llegaron a casa de
un hombre en Bahurim que tenía
un pozo en su patio, dentro del
cual se metieron.
19 Y la mujer de la casa tomó
una manta y la extendió sobre
la boca del pozo, y tendió sobre
ella el grano trillado; y no se no-
taba nada.
20 Y cuando llegaron los cria-
dos de Absalón a la casa de la
mujer, le dijeron: ¿Dónde están
Ahimaas y Jonatán? Y la mujer
les respondió: Ya han pasado el
vado de las aguas. Y como ellos
los buscaron y no los hallaron,
volvieron a Jerusalén.
21 Y sucedió que después que
ellos se hubieron ido, aquéllos
salieron del pozo y se fueron y
dieron aviso al rey David, y le
dijeron: Levantaos y daos prisa
a pasar las aguas, porque Ahi-
tofel ha dado tal consejo contra
vosotros.
22 Entonces David se levantó,
y todo el pueblo que estaba con
él, y pasaron el Jordán antes que
amaneciese; ni siquiera faltó uno
que no pasase el Jordán.
23 Y Ahitofel, viendo que no se
había seguido su consejo, ensilló
su asno, y se levantó y se fue a
su casa en su ciudad; y después
de poner su casa en orden, se
ahorcó y murió, y fue sepultado
en el sepulcro de su padre.
24 Y David llegó a Mahanaim, y
Absalón pasó el Jordán con toda
la gente de Israel.
25 Y Absalón nombró a a Amasa
jefe del ejército en lugar de b Joab.
Amasa era hijo de un hombre
de Israel llamado Itra, el cual se
había llegado a Abigail hija de
Nahas, hermana de Sarvia, ma-
dre de Joab.
26 Y acampó Israel con Absalón
en la tierra de Galaad.
27 Y aconteció que cuando Da-
vid llegó a Mahanaim, Sobi hijo
de Nahas, de Rabá de los hijos de
Amón, y Maquir hijo de Amiel
de Lodebar, y a Barzilai galaadita
de Rogelim
28 trajeron camas, y tazas, y va-
sijas de barro, y trigo, y cebada, y
harina, y grano tostado, y habas, y
lentejas, y garbanzos tostados,
29 y miel, y mantequilla, y ove-
jas y quesos de vaca, para que
comiesen, porque dijeron: El pue-
blo está hambriento, y cansado y
sediento en el desierto.

Fuente: 
www.scriptures.lds.org/es

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL capitulo 16 versos 1 al 23

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL capitulo 16 versos 1 al 23

CAPÍTULO 16
maldice a David — Ahitofel acon-
seja a Absalón y éste se llega a las
concubinas de su padre.
Y CUANDO David hubo pasado
un poco más allá de la cumbre del
monte, he aquí que Siba, el criado
de Mefi-boset, salió a recibirle con
un par de asnos ensillados, y so-
bre ellos doscientos panes, y cien
racimos de pasas, y cien frutas de
verano y un cuero de vino.
2 Y dijo el rey a Siba: ¿Qué es
esto? Y Siba respondió: Los as-
nos son para que monte la fami-
lia del rey; los panes y las pasas,
para que coman los criados; y el
vino, para que beban los que se
cansen en el desierto.
3 Y dijo el rey: ¿Dónde está el
hijo de tu señor? Y Siba respon-
dió al rey: He aquí que él se ha
quedado en Jerusalén, porque
ha dicho: Hoy me devolverá
la casa de Israel el reino de mi
padre.
4 Entonces el rey dijo a Siba: He
aquí, sea tuyo todo lo que tiene
Mefi-boset. Y respondió Siba, in-
clinándose: Rey y señor mío, halle
yo gracia delante de ti.
5 Y vino el rey David hasta Ba-
hurim; y he aquí, salía uno de la
familia de la casa de Saúl, el cual
se llamaba a Simei hijo de Gera; y
salía b maldiciendo
6 y arrojando piedras contra
David y contra todos los siervos
del rey David; y todo el pueblo
y todos los hombres valien-
tes estaban a su derecha y a su
izquierda.
7 Y decía Simei, maldiciéndole:
¡Fuera, fuera, hombre sanguina-
rio y a perverso!
8 Jehová te ha dado el pago
de toda la sangre de la casa de
Saúl, en lugar del cual tú has rei-
nado, y Jehová ha entregado el
reino en manos de tu hijo Ab-
salón; y hete aquí sorprendido en
tu maldad, porque eres hombre
sanguinario.
9 Entonces Abisai hijo de Sarvia
dijo al rey: ¿Por qué maldice este
perro muerto a mi señor el rey?
Yo te ruego que me dejes pasar
y le cortaré la cabeza.
10 Y el rey respondió: ¿Qué
tengo yo que ver con vosotros,
hijos de Sarvia? Si él maldice así
es porque Jehová le ha dicho que
maldiga a David. ¿Quién, pues,
le dirá: ¿Por qué haces esto?
11 Y dijo David a Abisai y a
todos sus siervos: He aquí, mi
hijo que ha salido de mis entra-
ñas acecha mi vida; ¿cuánto más
ahora un hijo de Benjamín? De-
jadle que maldiga, pues Jehová
se lo ha dicho.
12 Quizá Jehová mire mi aflic-
ción, y a me dé Jehová bien por
sus maldiciones de hoy.
13 Y mientras David y los suyos
iban por el camino, Simei iba por
el lado del monte delante de él,
andando y maldiciendo, y arro-
jando piedras delante de él y es-
parciendo polvo.
14 Y el rey y todo el pueblo que
con él estaba llegaron fatigados,
y descansaron allí.
15 Y Absalón y todo el pueblo,
los hombres de Israel, entraron en
Jerusalén, y con él Ahitofel.
16 Y acaeció que cuando Hu-
sai, el arquita, amigo de David,
hubo llegado donde estaba Ab-
salón, le dijo Husai: ¡Viva el rey,
viva el rey!
17 Y Absalón dijo a Husai: ¿Es
éste tu agradecimiento para con
tu amigo? ¿Por qué no fuiste con
tu amigo?
18 Y Husai respondió a Absalón:
No, sino que al que elija Jehová y
este pueblo y todos los hombres
de Israel, de aquél seré yo, y con
él me quedaré.
19 Y además, ¿a quién había yo
de servir? ¿No es a su hijo? Como
he servido delante de tu padre,
así seré delante de ti.
20 Después dijo Absalón a Ahi-
tofel: Dad vuestro consejo sobre
lo que debemos hacer.
21 Y Ahitofel dijo a Absalón:
Llégate a las a concubinas de tu
padre, que él dejó para guardar
la casa; y todo el pueblo de Israel
oirá que te has hecho aborrecible
a tu padre, y así se fortalecerán
las manos de todos los que están
contigo.
22 Entonces pusieron una tienda
para a Absalón sobre el terrado, y
se llegó Absalón a las concubi-
nas de su padre ante los ojos de
todo Israel.
23 Y el consejo que daba a Ahi-
tofel en aquellos días era como si
se consultara la palabra de Dios.
Así era considerado el consejo de
Ahitofel, tanto por David como
por Absalón.

Fuente:   2009 por Intellectual Reserve, Inc.
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Publicada en los Estados Unidos de América
/2009
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SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 15 VERSOS 1 AL 37

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 15 VERSOS 1 AL 37

CAPÍTULO 15
Absalón conspira contra David y
consigue el apoyo del pueblo —
David huye y Absalón entra en
Jerusalén.
ACONTECIÓ después de esto que
Absalón se hizo de un carro, y ca-
ballos y cincuenta hombres que
corriesen delante de él.
2 Y se levantaba a Absalón de
mañana y se ponía a un lado del
camino que va a la puerta; y a
cualquiera que tenía pleito y ve-
nía ante el rey a juicio, Absalón
le llamaba y le decía: ¿De qué
ciudad eres? Y él respondía: Tu
siervo es de una de las tribus de
Israel.
3 Entonces Absalón le decía:
Mira, tus palabras son buenas
y justas, pero no tienes quien te
oiga de parte del rey.
4 Y decía Absalón: ¡Quién me
pusiera por juez en esta tierra,
para que viniesen a mí todos los
que tienen pleito o asunto, y yo
les haría justicia!
5 Y acontecía que cuando al-
guno se acercaba para inclinarse
ante él, él extendía su mano, y lo
abrazaba y lo besaba.
6 Y de esta manera hacía con to-
dos los de Israel que venían al rey
a juicio, y así les robaba Absalón
el corazón a los de Israel.
7 Y aconteció que al cabo de
a cuarenta años, Absalón dijo al
rey: Yo te ruego que me permitas
ir a Hebrón a pagar mi voto que
he prometido a Jehová.
8 Porque tu siervo hizo voto
cuando estaba en Gesur, en Si-
ria, diciendo: Si Jehová me hace
volver a Jerusalén, yo serviré a
Jehová.
9 Y el rey le dijo: Ve en paz. Y él
se levantó y se fue a Hebrón.
10 Pero envió Absalón espías
por todas las tribus de Israel, di-
ciendo: Cuando oigáis el sonido
de la trompeta, diréis: Absalón
reina en Hebrón.
11 Y fueron con Absalón dos-
cientos hombres de Jerusalén con-
vidados por él, los cuales iban
inocentemente, sin saber nada.
12 También, Absalón mandó
buscar a a Ahitofel, el gilonita,
b consejero de David, de Gilo su
ciudad, mientras ofrecía sus sa-
crificios. Y la c conspiración vino a
ser grande, pues iba aumentando
el pueblo que seguía a Absalón.
13 Y un mensajero vino a David,
diciendo: El corazón de todo Is-
rael se va tras Absalón.
14 Entonces David dijo a todos
sus siervos que estaban con él en
Jerusalén: Levantaos y huyamos,
porque no podremos escapar de-
lante de Absalón; daos prisa a
partir, no sea que apresurándose
él nos alcance, y arroje el mal so-
bre nosotros y hiera la ciudad a
filo de espada.
15 Y los siervos del rey dijeron
al rey: He aquí, tus siervos están
listos para todo lo que nuestro
señor el rey decida.
16 El rey entonces salió, con toda
su familia en pos de él. Y dejó el
rey a diez mujeres a concubinas
para que guardasen la casa.
17 Salió, pues, el rey con todo el
pueblo que le seguía, y se detu-
vieron en un a lugar distante.
18 Y todos sus siervos pasaban
a su lado, con todos los cereteos
y peleteos; y todos los geteos,
seiscientos hombres que habían
venido a pie desde Gat, iban de-
lante del rey.
19 Y dijo el rey a Itai, el geteo:
¿Para qué vienes tú también con
nosotros? Vuelve y quédate con
el rey, porque tú eres extranjero y
desterrado también de tu lugar.
20 Ayer viniste, ¿y he de ha-
cer hoy que andes de aquí para
allá para ir con nosotros? Yo voy
adonde pueda; tú vuelve y haz
volver a tus hermanos, y que la
misericordia y la verdad sean
contigo.
21 Y respondió Itai al rey, di-
ciendo: Vive Dios, y vive mi señor
el rey, que, o para muerte o para
vida, donde esté mi señor el rey,
allí estará también tu siervo.
2 SAMUEL 15:22–37
22 Entonces David dijo a Itai:
Ven, pues, y pasa adelante. Y pasó
Itai, el geteo, y todos sus hombres
y toda su familia.
23 Y todo el país lloraba en alta
voz; pasó luego toda la gente el
torrente Cedrón; asimismo pasó
el rey, y todo el pueblo pasó al
camino que va al desierto.
24 Y he aquí, también iba a Sa-
doc, y con él todos los levitas que
llevaban el arca del convenio de
Dios; y asentaron el arca del con-
venio de Dios. Y subió b Abiatar
después que todo el pueblo hubo
acabado de salir de la ciudad.
25 Pero dijo el rey a Sadoc: Haz
volver el arca de Dios a la ciu-
dad; si yo hallo gracia ante los
ojos de Jehová, él me hará vol-
ver y me permitirá ver el arca y
su morada.
26 Y si dice: No me complazco
en ti; heme aquí, que haga de mí
lo que bien le parezca.
27 Dijo además el rey al sacer-
dote Sadoc: ¿No eres tú el a vi-
dente? Vuelve en paz a la ciudad,
y vuelvan con vosotros vuestros
dos hijos: tu hijo Ahimaas y Jo-
natán hijo de Abiatar.
28 Mirad, yo me detendré en
los llanos del desierto, hasta que
venga respuesta de vosotros que
me dé noticias.
29 Entonces Sadoc y Abiatar
hicieron volver el arca de Dios a
Jerusalén y se quedaron allá.
30 Y David subió la cuesta de
los Olivos; y la subió llorando,
llevando la a cabeza cubierta y los
pies descalzos. También todo el
pueblo que iba con él cubrió cada
uno su cabeza, e iban llorando
mientras subían.
31 Y dieron aviso a David, di-
ciendo: Ahitofel está entre los
que conspiraron con Absalón.
Entonces dijo David: Entorpece
ahora, oh Jehová, el a consejo de
Ahitofel.
32 Y aconteció que cuando Da-
vid llegó a la cumbre del monte
donde se adoraba a Dios, he aquí,
Husai, el arquita, le salió al en-
cuentro, trayendo rasgada su
ropa y tierra sobre su cabeza.
33 Y le dijo David: Si vienes con-
migo, me serás una carga;
34 pero si vuelves a la ciudad y
le dices a Absalón: Rey, yo seré tu
siervo; como hasta aquí he sido
siervo de tu padre, así seré ahora
siervo tuyo, entonces tú harás
nulo el consejo de Ahitofel.
35 ¿No estarán allí contigo los
sacerdotes Sadoc y Abiatar? Por
tanto, todo lo que oigas en la casa
del rey, se lo comunicarás a los
sacerdotes Sadoc y Abiatar.
36 Y he aquí que están con ellos
sus dos hijos, Ahimaas el de Sa-
doc, y Jonatán el de Abiatar; por
medio de ellos me enviaréis aviso
de todo lo que oigáis.
37 Así fue Husai, amigo de Da-
vid, a la ciudad; y Absalón entró
en Jerusalén.

Fuente: Publicada en los Estados Unidos de América
/2009
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SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 14 VERSOS 1 AL 53

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 14 VERSOS 1 AL 53

CAPÍTULO 14
Al cabo de tres años, Joab hace arre-
glos para traer a Absalón a casa,
valiéndose de una estratagema —
Después de haber transcurrido dos
años más, Absalón ve al rey y se
reconcilian.
Y CONOCIENDO Joab hijo de Sar-
via que el corazón del rey se
inclinaba por Absalón,
2 envió Joab y mandó traer de
Tecoa a una mujer sabia, y le dijo:
Yo te ruego que finjas estar de
duelo y te vistas de ropas de luto,
y que no te unjas con aceite, sino
finge ser mujer que hace mucho
tiempo está de luto por algún
muerto;
3 y al entrar ante el rey, habla
con él de esta manera. Y puso
Joab las palabras en su boca.
4 Y cuando entró aquella mujer
de Tecoa ante el rey, se postró en
tierra sobre su rostro, hizo reve-
rencia y dijo: ¡Socorro, oh rey!
5 Y el rey le dijo: ¿Qué tienes?
Y ella respondió: Yo a la verdad
soy una mujer viuda, pues mi
marido ha muerto.
6 Y tu sierva tenía dos hijos, y
los dos riñeron en el campo; y no
habiendo quien los separara, uno
hirió al otro y lo mató.
7 Y he aquí que toda la familia
se ha levantado contra tu sierva,
diciendo: Entrega al que mató a
su hermano, para que le mate-
mos por la vida de su hermano
a quien él mató, y destruyamos
también al heredero. Así apaga-
rán la brasa que me ha quedado,
no dejando a mi marido nombre
ni remanente sobre la tierra.
8 Entonces el rey dijo a la mujer:
Vete a tu casa, y yo daré órdenes
con respecto a ti.
9 Y la mujer de Tecoa dijo al
rey: ¡Rey y señor mío, la maldad
sea sobre mí y sobre la casa de
mi padre! Pero el rey y su trono
sean sin culpa.
10 Y el rey dijo: Al que hable
contra ti, tráelo ante mí, que no
te tocará más.
11 Dijo ella entonces: Te ruego,
oh rey, que te acuerdes de Jehová
tu Dios, para que el a vengador de
la sangre no aumente el daño, no
sea que destruya a mi hijo. Y él
respondió: Vive Jehová, que no
caerá en tierra ni un cabello de la
cabeza de tu hijo.
12 Y la mujer dijo: Te ruego que
permitas que hable tu criada una
palabra a mi señor el rey. Y él
dijo: Habla.
13 Entonces la mujer dijo: ¿Por
qué, pues, has pensado tú cosa
semejante contra el pueblo de
Dios? Porque al decir el rey estas
palabras se culpa a sí mismo, por
cuanto el rey no hace volver a su
desterrado.
14 Porque de cierto morimos y
somos como aguas derramadas
por tierra, que no pueden vol-
ver a recogerse; ni Dios quita la
vida, sino que proporciona me-
dios para que el desterrado no
sea de él a excluido.
15 Y si yo he venido ahora
para decir esto al rey mi se-
ñor, es porque el pueblo me
ha atemorizado. Y tu sierva
se dijo: Hablaré ahora al rey;
quizá él haga lo que su sierva
le diga.
16 Pues el rey oirá para librar
a su sierva de mano del hombre
que me quiere destruir a mí, y a
mi hijo juntamente, de la here-
dad de Dios.
17 Tu sierva, pues, dice: Sea
ahora de consuelo la respuesta
de mi señor el rey, pues mi señor
el rey es como un ángel de Dios
para a discernir entre lo bueno y
lo malo. Que Jehová tu Dios sea
contigo.
18 Entonces el rey respondió y
dijo a la mujer: Yo te ruego que
no me encubras nada de lo que
yo te pregunte. Y la mujer dijo:
Hable mi señor el rey.
19 Y el rey dijo: ¿No está la mano
de Joab contigo en todas estas co-
sas? Y la mujer respondió y dijo:
Vive tu alma, rey señor mío, que
no hay que apartarse ni a derecha
ni a izquierda de todo lo que mi
señor el rey ha hablado, porque
tu siervo Joab me mandó, y él
puso en boca de tu sierva todas
estas palabras;
20 para cambiar el aspecto de
las cosas, Joab, tu siervo, lo ha
hecho; pero mi señor es sabio,
conforme a la sabiduría de un
ángel de Dios, para conocer todo
lo que hay en la tierra.
21 Entonces el rey dijo a Joab:
He aquí, yo hago esto: Ve y haz
volver al joven Absalón.
22 Y Joab se postró en tierra so-
bre su rostro e a hizo reverencia, y
después que bendijo al rey, dijo:
Hoy ha entendido tu siervo que
he hallado gracia ante tus ojos,
rey y señor mío; pues ha hecho el
rey lo que su siervo ha dicho.
23 Se levantó luego Joab, y
fue a Gesur y trajo a Absalón a
Jerusalén.
24 Mas el rey dijo: Váyase él a
su casa y no vea mi rostro. Y vol-
vió Absalón a su casa y no vio el
rostro del rey.
25 Y no había en todo Israel
hombre tan alabado por su her-
mosura como Absalón; desde la
planta de su pie hasta su coronilla
no había en él defecto.
26 Y cuando se cortaba el cabe-
llo (lo cual hacía al fin de cada
año, pues le causaba molestia, y
por eso se lo cortaba), pesaba el
cabello de su cabeza doscientos
siclos de peso real.
27 Y le nacieron a Absalón tres
hijos y una hija, que se llamó
Tamar, la cual era de hermoso
semblante.
28 Y estuvo Absalón por espacio
de dos años en Jerusalén y no vio
el rostro del rey.
29 Y Absalón mandó buscar a
Joab para enviarlo al rey, pero
él no quiso venir a él; y envió a
buscarlo por segunda vez, pero
tampoco quiso venir.
30 Entonces dijo a sus siervos:
Mirad, el campo de Joab está
junto a mi lugar, y allí tiene su
cebada; id y prendedle fuego; y
los siervos de Absalón prendie-
ron fuego al campo.
31 Entonces se levantó Joab, y
fue a casa de Absalón y le dijo:
¿Por qué han prendido fuego tus
siervos a mi campo?
32 Y Absalón respondió a Joab:
He aquí, yo he enviado por ti, di-
ciendo que vinieses acá, a fin de
enviarte yo al rey a decirle: ¿Para
qué vine de Gesur? Mejor me hu-
biera sido quedarme allá. Vea yo
ahora el rostro del rey; y si hay
pecado en mí, que me mate.
33 Fue, pues, Joab al rey y se
lo hizo saber. Entonces llamó a
Absalón, el cual vino al rey, y se
postró sobre su rostro en tierra
delante del rey; y el rey besó a
Absalón.

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SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 13 VERSOS 1 AL 39 CAPÍTULO 13

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 13 VERSOS 1 AL 39

CAPÍTULO 13
Amnón ama a Tamar, su hermana,
y, por estratagema, la fuerza — Se
le da muerte por mandato de Absa-
lón — Absalón huye a Gesur.

ACONTECIÓ después de esto que,
teniendo Absalón hijo de David
una hermana muy hermosa que
se llamaba a Tamar, Amnón hijo de
David se enamoró de ella.
2 Y Amnón estaba tan angus-
tiado que se puso enfermo por
su hermana Tamar; pues, por ser
ella a virgen, le parecía difícil a
Amnón hacerle algo.
3 Y Amnón tenía un amigo que
se llamaba Jonadab hijo de Simea,
hermano de David; y Jonadab era
un hombre muy astuto.
4 Y éste le dijo: Hijo del rey, ¿por
qué de día en día vas enflaque-
ciendo así? ¿No me lo descubri-
rás a mí? Y Amnón le respondió:
Yo a amo a Tamar, la hermana de
Absalón, mi hermano.
5 Y Jonadab le dijo: Acués-
tate en tu cama y finge que es-
tás enfermo; y cuando tu padre
venga a visitarte, dile: Te ruego
que venga mi hermana Tamar,
para que me dé de comer, y pre-
pare delante de mí una comida,
para que yo la vea y coma de
su mano.
6 Se acostó, pues, Amnón, y fin-
gió que estaba enfermo, y vino
el rey a visitarle; y dijo Amnón
al rey: Yo te ruego que venga mi
hermana Tamar y haga delante
de mí dos panes, para que coma
yo de su mano.
7 Y David envió a Tamar a su
casa, diciendo: Ve ahora a casa
de Amnón, tu hermano, y hazle
de comer.
8 Y fue Tamar a casa de su her-
mano Amnón, el cual estaba acos-
tado; y tomó harina, y la amasó
e hizo panes delante de él y los
coció.
9 Tomó luego la sartén y los sacó
delante de él; pero él no quiso co-
mer. Y dijo Amnón: Echad fuera
de aquí a todos. Y todos salieron
de allí.
10 Entonces Amnón dijo a Ta-
mar: Trae la comida a la alcoba
para que yo coma de tu mano.
Y tomando Tamar los panes que
había cocido, los llevó a su her-
mano Amnón a la alcoba.
11 Y cuando ella se los puso de-
lante para que comiese, él a asió
de ella, diciéndole: Ven, hermana
mía, acuéstate conmigo.
12 Ella entonces le respondió:
No, hermano mío, no me a fuerces,
porque no se debe hacer así en
Israel. No hagas tal b vileza.
13 Porque, ¿adónde iría yo con
mi deshonra? Y aun tú serías es-
timado como uno de los perversos
en Israel. Te ruego, pues, ahora,
que hables al rey, porque él no
me negará a ti.
14 Pero él no la quiso oír, sino
que, pudiendo más que ella, la
forzó y se acostó con ella.
15 Después Amnón la a aborre-
ció con tan gran aborrecimiento,
que el odio con que la aborreció
fue mayor que el amor con que
la había amado. Y le dijo Amnón:
Levántate y vete.
16 Y ella le respondió: No hay
razón; mayor mal es éste de
echarme que el que me has he-
cho. Pero él no la quiso oír,
17 sino que, llamando a su
criado que le servía, le dijo:
Échame a ésta fuera de aquí y
cierra la puerta tras ella.
18 Y ella llevaba puesto un
a vestido de colores, un traje que
vestían las hijas vírgenes de los
reyes. Y su criado la echó fuera
y cerró la puerta tras ella.
19 Entonces Tamar tomó ce-
niza y la esparció sobre su ca-
beza, y rasgó la ropa de colores
que llevaba puesta y, con las
manos sobre su cabeza, se fue
gritando.
20 Y le dijo su hermano
Absalón: ¿Ha estado contigo tu
hermano Amnón? Calla pues,
ahora, hermana mía; tu hermano
es. No se angustie tu corazón por
esto. Y se quedó Tamar descon-
solada en casa de su hermano
Absalón.
21 Y cuando el rey David oyó
todo esto, se enojó mucho.
22 Pero Absalón no habló con
Amnón ni malo ni bueno, pues
Absalón aborrecía a Amnón, por-
que había forzado a su hermana
Tamar.
23 Y aconteció que, pasados dos
años, Absalón tenía esquiladores
en Baal-hazor, que está junto a
Efraín; y convidó Absalón a to-
dos los hijos del rey.
24 Y vino Absalón al rey y le
dijo: He aquí, tu siervo tiene
ahora esquiladores; yo ruego
que venga el rey y sus siervos
con tu siervo.
25 Y respondió el rey a Absalón:
No, hijo mío, no iremos todos,
para no ser una carga para ti. Y
aunque le insistió, no quiso ir,
mas le bendijo.
26 Entonces dijo Absalón: Si no,
te ruego que venga Amnón, mi
hermano, con nosotros. Y el rey
le respondió: ¿Para qué ha de ir
contigo?
27 Y como Absalón le insistió,
dejó ir con él a Amnón y a todos
los hijos del rey.
28 Y Absalón dio órdenes a
sus criados, diciendo: Ahora bien,
mirad cuando el corazón de Am-
nón esté a alegre por el vino; y
cuando yo os diga: Herid a Am-
nón, entonces b matadle; y no
temáis, pues yo os lo he man-
dado. Esforzaos, pues, y sed
valientes.
29 Y los criados de Absalón hi-
cieron con Amnón como Absa-
lón lo había mandado. Entonces
se levantaron todos los hijos del
rey, y montó cada uno en su mula
y huyeron.
30 Y aconteció que cuando es-
taban ellos aún en camino, llegó
a David el rumor que decía:
Absalón ha matado a todos los
hijos del rey, y ninguno de ellos
ha quedado.
31 Entonces se levantó David,
y rasgó sus vestidos y se echó en
tierra, y todos sus criados presen-
tes rasgaron sus vestidos.
32 Y Jonadab hijo de Simea,
hermano de David, habló y dijo:
No diga mi señor que han dado
muerte a todos los jóvenes hi-
jos del rey, pues sólo Amnón ha
sido muerto; porque en boca de
Absalón estaba decidido desde
el día en que Amnón forzó a su
hermana Tamar.
33 Por tanto, ahora no ponga
mi señor el rey en su corazón
ese rumor que dice: Todos los
hijos del rey han sido muertos,
porque sólo Amnón ha sido
muerto.
34 Y Absalón huyó. Y el joven
que estaba en el atalaya alzó los
ojos y miró, y he aquí que mucha
gente venía por el camino que
estaba a sus espaldas, del lado
del monte.
35 Y dijo Jonadab al rey: He allí
los hijos del rey que vienen, tal
como tu siervo ha dicho.
36 Y aconteció que cuando él
acabó de hablar, he aquí que
los hijos del rey llegaron, y al-
zando su voz, lloraron. Y tam-
bién el mismo rey y todos sus
siervos lloraron con muy grandes
lamentos.
37 Pero Absalón huyó y se fue
a Talmai hijo de Amiud, rey de
Gesur. Y David lloraba por su hijo
todos los días.
38 Así Absalón huyó, y se fue a
Gesur y estuvo allá tres años.
39 Y el rey David ansiaba ver
a Absalón, porque ya se ha-
bía consolado de la muerte de
Amnón

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SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 12 VERSOS 1 AL 31

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 12 VERSOS 1 AL 31

Natán narra a David la parábola de
la corderita — Jehová dio muchas
esposas a David, que llega a ser mal-
decido por haber tomado a Betsabé
— David ayuna y ora por su hijo,
pero Jehová se lleva al niño — Nace
Salomón — David conquista la ciu-
dad real de los amonitas.
Y JEHOVÁ envió a a Natán ante
David; y fue a él y le dijo: Había
dos hombres en una ciudad, el
uno rico y el otro pobre.
2 El rico tenía numerosas ove-
jas y vacas,
3 pero el pobre no tenía más
que una sola corderita, que él
había comprado y criado, y que
había crecido con él y con sus hi-
jos juntamente, comiendo de su
bocado, y bebiendo de su vaso, y
durmiendo en su seno; y la tenía
como a una hija.
4 Y vino uno de camino al hom-
bre rico, y éste no quiso tomar de
sus ovejas ni de sus vacas, para
guisar para el caminante que ha-
bía venido a él, sino que tomó la
corderita de aquel hombre pobre
y la guisó para aquel que había
venido a él.
5 Entonces se encendió el furor
de David en gran manera con-
tra aquel hombre y dijo a Natán:
¡Vive Jehová, que el que tal hizo
es digno de muerte!
6 Y él debe pagar a cuatro veces
por la corderita, porque hizo tal
cosa y no tuvo misericordia.
7 Entonces dijo Natán a David:
Tú eres aquel hombre. Así ha di-
cho Jehová Dios de Israel: Yo te
ungí rey sobre Israel, y te libré de
manos de Saúl,
8 y te di la casa de tu señor y las
mujeres de tu señor en tu seno;
además te di la casa de Israel y de
Judá; y como si esto fuera poco, te
habría añadido mucho más.
9 ¿Por qué, pues, a tuviste en
poco la palabra de Jehová, ha-
ciendo lo malo delante de sus
ojos? A Urías, el heteo, b heriste a
espada, y tomaste por esposa a
su c esposa, y a él lo mataste con la
espada de los hijos de Amón.
10 Por lo cual ahora la a espada
no se apartará jamás de tu casa,
por cuanto me menospreciaste y
tomaste la esposa de Urías, el he-
teo, para que fuese tu esposa.
11 Así ha dicho Jehová: He aquí,
yo haré levantar a el mal sobre
ti de tu misma casa, y tomaré
tus esposas delante de tus ojos
y las daré a tu prójimo, el que
yacerá con tus esposas a la vista
del sol.
12 Porque tú lo hiciste en se-
creto, pero yo haré esto delante
de todo Israel y a pleno sol.
13 Entonces dijo David a
Natán: a Pequé contra Jehová.
Y Natán dijo a David: También
Jehová b ha remitido tu pecado; no
morirás.
14 Mas por cuanto con este
asunto hiciste a blasfemar a los
enemigos de Jehová, el hijo que te
ha nacido ciertamente morirá.
15 Y Natán se volvió a su casa. Y
Jehová hirió al niño que la esposa
de Urías había dado a luz a
David, y enfermó gravemente.
16 Entonces David rogó a Dios
por el niño; y a ayunó David, y
entró y pasó la noche acostado
en tierra.
17 Y se levantaron los ancianos
de su casa y fueron a él para ha-
cerlo levantar de la tierra; pero
él no quiso, ni comió con ellos
pan.
18 Y aconteció que al séptimo
día murió el niño; y los siervos
de David temían hacerle saber
que el niño había muerto, pues
se decían: Cuando el niño aún
vivía, le hablábamos, y no quería
oír nuestra voz; ¿cuánto más se
afligirá si le decimos que el niño
ha muerto?
19 Pero David, viendo a sus
siervos hablar entre sí, entendió
que el niño había muerto; por lo
que dijo David a sus siervos: ¿Ha
muerto el niño? Y ellos respon-
dieron: Ha muerto.
20 Entonces David se levantó de
la tierra, y se lavó, y se ungió, y
cambió sus ropas, y entró en la
casa de Jehová y adoró. Y des-
pués vino a su casa y pidió, y le
pusieron pan, y comió.
21 Y le dijeron sus siervos: ¿Qué
es esto que has hecho? Por el
niño, viviendo aún, ayunabas y
llorabas; y muerto él, te levan-
taste y comiste pan.
22 Y él respondió: Mientras el
niño aún vivía, yo ayunaba y llo-
raba, diciendo: ¿Quién sabe si
Dios tenga a compasión de mí, y
viva el niño?
23 Pero ahora que ya ha muerto,
¿para qué he de ayunar? ¿Podré
yo hacerle volver? Yo voy hacia
él, pero él no volverá a mí.
24 Y consoló David a Betsabé,
su esposa, y llegándose a ella, se
acostó con ella; y ella le dio a luz
un hijo, y llamó su nombre a Salo-
món, al cual amó Jehová,
25 y envió un mensaje por me-
dio del profeta Natán que le pu-
siesen por nombre Jedidías, a
causa de Jehová.
26 Y a Joab peleaba contra Rabá,
de los hijos de Amón, y tomó la
ciudad real.
27 Entonces envió Joab men-
sajeros a David, diciendo: Yo he
peleado contra Rabá y he tomado
la ciudad de las aguas.
28 Reúne, pues, ahora al pue-
blo que queda, y acampa contra
la ciudad y tómala, no sea que
tome yo la ciudad y sea llamada
por mi nombre.
29 Y David reunió a todo el pue-
blo, y fue contra Rabá, y combatió
contra ella y la tomó.
30 Y quitó la corona de la
cabeza de su rey, la cual pe-
saba un talento de oro y tenía
piedras preciosas; y fue puesta
sobre la cabeza de David. Y
éste sacó un gran botín de la
ciudad.
31 Y sacó además a la gente que
estaba en ella, y a todos los puso
a trabajar con sierras, y con trillos
de hierro y con hachas de hierro;
y también los hizo trabajar en los
hornos de ladrillos; y lo mismo
hizo con todas las ciudades de los
hijos de Amón. Y volvió David
con todo el pueblo a Jerusalén.


Fuente:  © 2009 por Intellectual Reserve, Inc.
Todos los derechos reservados
Publicada en los Estados Unidos de América
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SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 11 VERSOS 1 AL 27

SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL CAPITULO 11 VERSOS 1 AL 27

David se acuesta con Betsabé y ella
concibe — Entonces David hace los
preparativos para que Urías, marido
de ella, muera en batalla.
Y ACONTECIÓ al año siguiente,
en el tiempo en que salen los re-
yes a la guerra, que David envió
a Joab, y a sus siervos con él y a
todo Israel, y destruyeron a los
amonitas y sitiaron a Rabá, pero
David se quedó en Jerusalén.
2 Y acaeció que, levantándose
David de su lecho al caer la tarde,
se paseaba por el terrado de la
casa real, cuando a vio desde el
terrado a una mujer que se es-
taba bañando, la cual era muy
hermosa.
3 Y envió David a preguntar por
aquella mujer, y le dijeron: Aqué-
lla es a Betsabé, hija de Eliam, es-
posa de b Urías, el heteo.
4 Y envió David mensajeros y la
tomó; y vino a él y él a se acostó
con ella. Luego ella se purificó de
su impureza y volvió a su casa.
5 Y concibió la mujer y envió a
hacerlo saber a David, diciendo:
Estoy encinta.
6 Entonces David envió a decir
a Joab: Envíame a Urías, el heteo.
Y Joab envió a Urías a David.
7 Y cuando Urías vino a él, Da-
vid le preguntó por la salud de
Joab, y por la salud del pueblo y
por el estado de la guerra.
8 Después dijo David a Urías:
Desciende a tu casa y lava tus
pies. Y saliendo Urías de casa del
rey, le fue enviado presente de la
mesa real.
9 Pero Urías durmió a la puerta
de la casa del rey con todos los
siervos de su señor, y no descen-
dió a su casa.
10 E hicieron saber esto a David,
diciendo: Urías no ha descendido
a su casa. Y dijo David a Urías:
¿No has venido de camino? ¿Por
qué, pues, no descendiste a tu
casa?
11 Y Urías respondió a Da-
vid: El arca, e Israel y Judá es-
tán bajo a tiendas; y mi señor
Joab y los siervos de mi señor,
a campo abierto; ¿y había yo de
entrar en mi casa para comer
y beber, y dormir con mi mu-
jer? Por vida tuya y por vida
de tu alma, que yo no haré tal
cosa.
12 Y David dijo a Urías: Quédate
aquí aún hoy, y mañana te despe-
diré. Y se quedó Urías en Jerusa-
lén aquel día y el siguiente.
13 Y David lo convidó a comer y
a beber con él hasta embriagarlo.
Y él salió por la tarde a dormir
en su cama con los siervos de
su señor, pero no descendió a
su casa.
14 Y aconteció a la mañana si-
guiente que David escribió una
carta a Joab, la cual envió por
mano de Urías.
15 Y escribió en la carta, di-
ciendo: Poned a Urías al frente,
en lo más recio de la batalla, y
retiraos de él, para que sea a he-
rido y muera.
16 Y sucedió que cuando Joab
sitió la ciudad, puso a Urías en
el lugar donde sabía que estaban
los hombres más valientes.
17 Y los hombres de la ciudad
salieron y pelearon contra Joab,
y cayeron algunos del pueblo
de los siervos de David; y murió
también Urías, el heteo.
18 Entonces envió Joab e hizo
saber a David todos los asuntos
de la guerra.
19 Y mandó al mensajero, di-
ciendo: Cuando acabes de con-
tar al rey todos los asuntos de
la guerra,
20 si el rey comienza a a enojarse
y te dice: ¿Por qué os acercasteis
tanto a la ciudad para combatir?
¿No sabíais lo que suelen arrojar
desde lo alto del muro?
21 ¿Quién hirió a Abimelec hijo
de Jerobaal? ¿No echó una mujer
del muro un pedazo de una rueda
de molino, y murió en Tebes?
¿Por qué os acercasteis tanto al
muro? Entonces tú le dirás: Tam-
bién tu siervo Urías, el heteo, ha
muerto.
22 Y fue el mensajero y, al llegar,
contó a David todo lo que Joab le
había enviado a decir.
23 Y dijo el mensajero a David:
Prevalecieron contra nosotros los
hombres que salieron al campo
contra nosotros, bien que noso-
tros los hicimos retroceder hasta
la entrada de la puerta;
24 pero los flecheros tiraron con-
tra tus siervos desde el muro, y
murieron algunos de los siervos
del rey; y también murió tu siervo
Urías, el heteo.
25 Y David dijo al mensajero:
Dirás así a Joab: No tengas pe-
sar por esto, porque la espada
consume tanto a uno como al
otro; refuerza tu ataque contra
la ciudad, hasta que la rindas. Y
tú aliéntale.
26 Y al oír la esposa de Urías que
su marido, Urías, había muerto,
hizo duelo por su marido.
27 Y pasado el luto, envió Da-
vid y la trajo a su casa; y fue ella
su esposa y le dio a luz un hijo.
Pero esto que David había he-
cho fue a malo ante los ojos de
Jehová.

Fuente:  www.scriptures.lds.org/es

PRIMER LIBRO DE LOS REYES CAPITULO 4 VERSOS 1 AL 34

 PRIMER LIBRO DE LOS REYES CAPITULO 4 VERSOS 1 AL 34 Se enumeran los oficiales de la corte de Salomón — Salomón gobierna en paz y en prosper...